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¿Vale la pena contar calorías?

Durante muchísimos años se han resumido los principios básicos de nutrición a la simple ecuación del balance energético:

Balance energético = Calorías ingeridas - Calorías consumidas

Esta simplificación ha llevado a la errónea difusión de la creencia de que contando las calorías de los alimentos que ingerimos y las que gastamos durante las 24 horas de un día, podemos deducir cuantas calorías acumulamos o eliminamos en ese mismo período. Basados en sólo ese principio, se han elaborado y difundido millares de dietas y planes de ejercitación que suelen obsesionarse hasta el absurdo en el balance energético. Esto podría hasta sonar gracioso sino fuese porque los daños físicos que causan estas indicaciones y los daños psíquicos que se generan a partir de tales obsesiones pueden ser irreparables y hasta fatales.

En este punto cabe aclarar que el principio del balance energético es real, pero sólo aplicable a nivel celular. En otras palabras: existe una gran cantidad de procesos digestivos, de transporte y metabólicos desde que un alimento es ingerido hasta que sus nutrientes alcanzan las células en donde van a actuar o acumularse. Todos estos procesos influyen radicalmente en la fórmula global de balance energético. Por lo tanto, esta fórmula es aplicable para todo el cuerpo solamente si la diferencia entre las calorías ingeridas y gastadas es tan grande como para minimizar la influencia de los otros factores.

Otra cuestión que atenta contra la simplificación del balance energético es el hecho que se cree que las únicas células capaces de actuar como reserva de energía son las células grasas (adipositos). Esto no es cierto: no sólo existen otros tejidos (además del adiposo) que pueden conservar y liberar energía, sino que la grasa del cuerpo se comporta de una manera diferente frente a una situación determinada. Entonces, no puede predecirse con una simple cuenta matemática cuántos gramos subirá o bajará el peso con determinado balance calórico. Y mucho menos, puede preverse cómo este balance afectará la silueta de una persona. La única manera de poder aproximarse a estas predicciones, es conocer qué procesos ocurren cuando se ingiere cada alimento y cuáles se ponen en marcha frente a cada actividad del cuerpo humano.

Ejemplo de ello es el metabolismo de las proteínas. Son la base estructural de todo organismo. Las proteínas están presentes en todas las células y cumplen funciones tan diversas como darle forma y tonicidad a los tejidos (estructurales), transporte de sustancias (transportadoras), activación de reacciones químicas (enzimas), transporte de información ( neurotransmisores y hormonas hidrosolubles), etc. Se componen de largas cadenas de pequeños elementos llamados aminoácidos. Existen muchos tipos de aminoácidos diferentes, las variaciones en la composición y el orden en que se alinean los aminoácidos determinan el nombre, la función y el tejido en el que actuará cada proteína.

Cada célula elabora (sintetiza) las proteínas que necesita. Lo hace obedeciendo la información genética que tiene y usando los aminoácidos que llegan de los alimentos o que son fabricados (sintetizados) por el propio organismo. Los aminoácidos que no pueden ser sintetizados, deben llegar necesariamente de la alimentación y son conocidos como aminoácidos esenciales.

Los aminoácidos se encuentran en todos los alimentos de origen animal (carnes, leche, huevos y derivados) compuestos por proteínas. También algunos vegetales llamados integrales (granos y cereales no refinados) contiene proteínas (gluten). Los aminoácidos esenciales se encuentran en todas las proteínas de origen animal y en algunas de las proteínas de origen vegetal.

El aporte de 1 gramo de proteínas a una célula es capaz de generar 3,9 calorías de energía. Sin embargo, rara vez es necesaria la utilización de esa energía, porque eso implicaría destruir la proteína y los aminoácidos. Por lo tanto, las proteínas no se suelen usar como reservorio de energía, y tampoco suelen ser transformadas en otras formas de reserva de energía (glucógeno y grasa), salvo que estas últimas estén en deficiencia. En definitiva, las calorías provenientes de proteínas difícilmente engorden.

Por otro lado, la absorción de las proteínas en el intestino no puede producirse tal como fueron ingeridas. Primero deben separarse uno a uno todos los aminoácidos y luego se activan transportadores de aminoácidos que los llevan desde la luz del intestino hasta el interior de las células intestinales, de estas a la sangre y finalmente de la sangre al tejido donde serán utilizados. Una vez en los tejidos, se produce un proceso de síntesis (formación) de las proteínas necesarias para las funciones de cada uno. Todas estas actividades requieren energía para ser llevadas a cabo. En muchas ocasiones, la cantidad de calorías necesaria es mayor que las calorías que aportan las proteínas ingeridas, en consecuencia, el consumo de esas proteínas produce gasto y no acumulación de energía. Ese efecto es lo que se conoce como termogénesis de las proteínas. Además, la energía utilizada en el metabolismo de las proteínas proviene de las reservas del organismo, entonces, una adecuada ingesta de proteínas ocasiona la quema de hidratos de carbono y grasas.

Como el proceso de digestión y distribución de las proteínas implica un gasto de energía considerable, es aconsejable ingerirlas principalmente por la noche, ya que pueden producir sueño o desgano mientras son digeridas. También se aconseja no comerlas con otros alimentos de digestión lenta como son los almidones (pastas, panificados, granos y tubérculos) pues, además de caer muy pesadas se dificulta su absorción de hidratos de carbono. Es conveniente desgrasar lo más posible las proteínas provenientes de carnes rojas y aves, para evitar el exceso de colesterol en la sangre.

El metabolismo de las proteínas es un claro ejemplo de cómo la simple ecuación del balance energético puede ser interpretada erróneamente si sólo se tienen en cuenta las calorías que contienen los alimentos y no se valora su poder nutritivo y la cinética (procesos de distribución) a los que son sometidos.

Finalmente, conocer la composición calórica de cada alimento no alcanza para saber cuantas de esas calorías serán utilizadas por el organismo, ya que, si bien un gramo de proteínas y un gramo de hidratos de carbono aportan la misma cantidad de calorías (3,9 calorías) estas no van a parar a las mismas células, no van a cumplir la misma función y, lo más importante, no llegarán a su destino gastando la misma cantidad de energía. Además, las 9 calorías que producen un gramo de grasa, no están disponibles cuando la grasa se come, sino que provienen de grasa corporal.

Podemos concluir así que las predicciones matemáticas, basadas en el balance energético, con las que se pretende deducir en cuanto subirá o bajará el peso, sólo pueden conducir a errores interpretativos con consecuencias muchas veces irreparables.

(fuente: revista BienEstar)

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